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sábado, 9 de junio de 2007

Lenin


En las últimas décadas del siglo XIX, el abismo existente entre el zar Alejandro III, defensor del absolutismo bizantino de sus antepasados, y la clase cultivada se había agravado hasta tal punto que la lucha contra el zarismo había llegado a ser, entre los rusos cultos, un deber y un honor. La oposición política y el movimiento revolucionario crecían bajo el empuje de una "intelligentsia" que hacía acólitos en las escuelas, en las fábricas, los periódicos y las oficinas. Seis años después de la muerte de su antecesor, Alejandro II, precisamente el 1 de marzo de 1887, un grupo de jóvenes nihilistas intentó acabar con la vida del zar. El atentado fracasó y los terroristas fueron apresados. Entre los condenados a muerte figuraba Alexander Uliánov, el hermano mayor del futuro Lenin. Al enterarse por la prensa de que el grupo había sido ahorcado en San Petersburgo, el muchacho recibió una impresión indeleble, que con el tiempo se transformaría en la más firme y decidida oposición al zarismo. Pero ya entonces, con la lucidez de un visionario, resumía la situación en esta frase de condena a los métodos del terrorismo individual: «Nosotros no iremos por esta vía. No es la buena».

En el camino de la revolución
Vladímir llich Uliánov, conocido como Lenin, nació el 22 de abril de 1870, en el seno de una familia típica de la intelectualidad rusa de fines del siglo XIX. Era el cuarto de los seis hijos habidos por llia Uliánov y María Alexandrovna Blank, quienes se habían establecido el año anterior a su nacimiento en Simbirsk, una ciudad de provincias pobre y atrasada, a orillas del Volga. El padre, un inspector de primera enseñanza, compartía las ideas de los demócratas revolucionarios de 1860 y se había consagrado a la educación popular, participando de la vida de los campesinos rusos confinados en la miseria y la ignorancia. La madre, de ascendencia alemana, amaba la música y seguía de cerca las actividades escolares de sus hijos. Por su carácter apacible y tierno -jamás imponía castigos ni levantaba la voz-, despertó en los suyos un amor rayano en la adoración.
El ambiente estudioso de la casa, donde no faltaba una buena biblioteca, propiciaba el desarrollo del sentido del deber y la disciplina. Vladímir seguía el ejemplo de su hermano mayor, era un muchacho perseverante y tenaz, un alumno asiduo y metódico que obtenía las mejores notas y destacaba en el ajedrez. A los catorce años comenzó a leer libros «prohibidos» -Rusia vivía entonces bajo la más negra represión y la lectura de los grandes demócratas era considerada un delito-.
Cuando Alexander fue ahorcado, al año siguiente de que muriera el padre, la familia debió trasladarse a la fuerza a la aldea de Kokuchkino, cerca de Kazán. En esa época Vladímir abandonó la religión, pues, como diría más adelante, la suerte de su hermano le «había marcado el destino a seguir». En Kazán inició sus estudios de derecho en la universidad imperial, uno de los focos de mayor oposición al régimen autocrático. El mismo año de su ingreso, 1887, Vladímir fue detenido por participar en una manifestación de protesta contra el zar. Cuando uno de los policías que lo custodiaban le preguntó por qué se mezclaba en esas revueltas, por qué se daba cabezazos contra un muro, su respuesta fue: «Sí, es un muro, cierto, pero con un puntapié se vendrá abajo».
Expulsado de la universidad, se dedicó por entero a las teorías revolucionarias, comenzó a estudiar las obras de Marx y Engels directamente del alemán, y leyó por primera vez El capital, lectura decisiva para su adhesión al marxismo ortodoxo. Ya en sus primeros escritos defendió el marxismo frente a las teorías de los "naródniki", los populistas rusos. En mayo de 1889 la familia se trasladó a la provincia de Samara, donde, después de muchas peticiones, Lenin obtuvo la autorización para examinarse en leyes como alumno libre. Tres años después se graduó con las más altas calificaciones y comenzó a ejercer la abogacía entre artesanos y campesinos pobres.
Ya en esa época, en el grupo marxista del que formaba parte le decían el Viejo por su vasta erudición y su frente socrática, precozmente calva. El rostro de corte algo mongólico, con los pómulos anchos y los ojos de tártaro, entrecerrados e irónicos, el porte robusto y el poderoso cuello le daban el aspecto de un campesino. Abogado sin pleitos, Lenin se inscribió en las listas de instructores de círculos obreros, llamados «universidades democráticas». Organizó bibliotecas, programas de estudio y cajas de ayuda con el objetivo de enseñar los métodos de la lucha revolucionaria, para formar así cuadros obreros, propagandistas y organizadores de círculos socialdemócratas, con miras a la formación de un futuro partido. Para ello necesitaba contar con el apoyo de los grupos marxistas emigrados, dirigidos por Grigori Plejánov, y en abril de 1895 viajó al extranjero, decidido a estudiar el movimiento obrero de Occidente. Pasó unas semanas en Suiza, luego visitó Berlín y París, donde tuvo como interlocutores a Karl Liebknecht y Paul Lafargue.
Al regresar, fue detenido con su futuro rival Julij Martov por la Ochrana, la policía secreta del zar. En la cárcel, Lenin rápidamente se puso a trabajar. Se comunicaba con el exterior a través de su hermana Ana y de Nadezda Krupskáia, una estudiante adherida al círculo marxista, que, para poder visitarlo en la prisión, había declarado ser su novia. Más tarde, en 1898, un año después de que fuera deportado a la Siberia meridional, cerca de la frontera con China, contrajo matrimonio con Nadezda en una ceremonia religiosa.
En el destierro, la pareja llevó una vida ordenada, sin sobresaltos, que le permitió a Lenin terminar de redactar su primera obra fundamental, El desarrollo del capitalismo en Rusia, en la que sostiene que el país semifeudal avanza decididamente hacia el capitalismo industrial.

En el exilio
Después de casi mil días en Siberia, a poco de comenzar el siglo y con treinta años de edad, Lenin comenzaba su primer exilio en Suiza. Allí, reunido con Martov, puso en marcha un proyecto largamente acariciado: la publicación de un periódico socialdemócrata de alcance nacional. El primer número de Iskra (La Chispa) vio la luz el 21 de diciembre de 1900, con un editorial de Lenin encabezando la primera página. En sus andanzas, entre Munich y Ginebra, fue en esta época cuando se convirtió en el líder de los marxistas rusos, sobre todo después de la publicación del libro ¿Qué hacer?, una de sus obras más importantes, en la que reclamaba la necesidad de una organización de revolucionarios profesionales y sintetizaba la idea del partido como vanguardia de la clase obrera.
Fue justamente la polémica desatada en torno a cómo estructurar el partido lo que provocó profundas divergencias en el 11 Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso inaugurado por Plejánov en julio de 1903. En él se consumó la ruptura entre Martov y Lenin. Desde entonces los partidarios de este último se llamaron «bolcheviques», por mayoría frente al grupo de los «mencheviques», minoritarios. Y desde entonces el partido de cuadros profesionales, centralizado y disciplinado, fue el pilar básico del bolchevismo.
La revolución de 1905, que había estallado en San Petersburgo tras el «domingo sangriento» en que las tropas del zar dispararon sobre manifestantes indefensos, causando más de mil muertos y cinco mil heridos, sorprendió a Lenin en Suiza. La presión de las masas obligó al decadente régimen zarista a hacer algunas concesiones liberales: ahora los bolcheviques actuaban en la legalidad, y ello permitió a Lenin regresar a Rusia en octubre de ese año para ponerse al frente de sus partidarios. Pero las esperanzas de que se produjeran nuevos levantamientos no se concretaron y, ante los intentos de la policía por detenerle, a fines del verano siguiente, Lenin huyó a Finlandia. El proceso insurreccional había sido un fracaso y el gobierno de los zares volvía a endurecer sus métodos, hasta liquidar totalmente las conquistas logradas por la revolución. Sumida en el pesimismo y las rencillas internas, la fracción bolchevique se resintió con la derrota, hasta tal punto que viejos militantes la abandonaron.
Huyendo de la policía, Lenin pasó de Finlandia a Ginebra, donde comenzó su segundo exilio, que habría de prolongarse hasta 1917. En aquella época hicieron su aparición el insomnio y los dolores de cabeza que habrían de perseguirle por el resto de sus días. La vida errante de los exiliados lo llevó a París, donde él y Nadezda soportaron duras estrecheces económicas que les obligaban a dar clases o a escribir reseñas para ganar algo de dinero, en medio de una serie de dificultades. La dureza de aquellos días en la capital francesa se vio en parte aliviada por la presencia de Inés Armand, una militante parisiense, inteligente y feminista, a la que se dice le unió un profundo amor. Fruto de su segundo exilio es la obra publicada en 1909, Materialismo y empiriocriticismo, en la que Lenin expone sus reflexiones filosóficas fundamentales, en un intento de culminar la teoría del conocimiento marxista.
Pasada la etapa de la más dura reacción, que se extendió hasta 1911, comenzaron a llegar noticias alentadoras de San Petersburgo. Una huelga iniciada en los yacimientos del Lena fue bárbaramente reprimida con centenares de muertos, lo que originó un gran descontento y una huelga general. Lenin presentía que se acercaba una ola de efervescencia revolucionaria y abandonó París en junio de 1912 para instalarse más cerca de sus partidarios, en Cracovia. Allí le visitaban los diputados bolcheviques para informarle sobre la situación interna y pedirle instrucciones. En marzo de ese mismo año había aparecido el primer número de Pravda (La Verdad), diario obrero que Lenin dirigía desde el exterior y que pronto gozó de una gran difusión. Así, mientras las grandes potencias ultimaban sus preparativos para la primera conflagración mundial, entre los proletarios rusos crecía la influencia de Lenin.
El estallido de la Primera Guerra Mundial supuso un giro decisivo en la historia del socialismo. Lenin, que había confiado en la socialdemocracia alemana, cuando se enteró de que los diputados alemanes -y también franceses- votaban unánimemente a favor de los créditos de guerra para sus respectivos países, de inmediato denunció la traición. Para Lenin, la guerra no era más que una «conflagración burguesa, imperialista y dinástica... una lucha por los mercados y una rapiña de los países extranjeros». El socialismo occidental, acaudillado por los revisionistas alemanes, había pasado a una evidente colaboración con la democracia burguesa, y por ende, el movimiento internacional estaba roto. Era necesario preparar una conferencia de los socialistas que se oponían al conflicto bélico, para impugnar definitivamente al sector revisionista.
El encuentro se celebró en Zimmerwald, en septiembre de 1915, y en él Lenin intentó sin éxito convencer a los representantes de que adoptaran la consigna: «Transformar la guerra imperialista en guerra civil». Fue en este período de defección de los líderes políticos y de desconcierto para los obreros socialistas, cuando el revolucionario ruso, que hasta entonces era poco conocido fuera de los círculos marxistas de su país, se convirtió en una primera figura internacional. En sus manos, la doctrina marxista recuperó su sentido transformador y su fuerza revolucionaria, como se ve en la obra escrita durante el período bélico, El imperialismo, fase superior del capitalismo, donde usa las herramientas del análisis económico marxista para probar que la revolución, a diferencia de lo que postulaban Marx y Engels, también es posible en países atrasados como Rusia.

La Revolución de Octubre
El cansancio y el derrotismo general en las naciones beligerantes a comienzos de 1917 desembocó en el imperio de los zares en un amplio movimiento revolucionario que, al grito de «¡Viva la libertad y el pueblo!», ganó las principales ciudades. Los trabajadores de Petrogrado se organizaron en soviets, o consejos de obreros, y la guarnición de la ciudad, encabezada por los mismos regimientos de la guardia imperial, se sumó en masa al movimiento. Sin que nadie se atreviera a defenderlo, en la semana del 8 al 15 de marzo el régimen zarista sucumbía para ser reemplazado por un gobierno provisional formado por partidos pertenecientes a la burguesía y apoyado por el soviet de Petrogrado
A través de Pravda, Lenin publicaba sus «Cartas desde el exilio», con instrucciones para avanzar en la revolución, aniquilando de raíz la vieja maquinaria del Estado. Ejército, policía y burocracia debían ser sustituidos por «una organización emanada del conjunto del pueblo armado que comprenda sin excepción todos sus miembros». Un mes después de la abdicación del zar, en abril de 1917, Lenin llegaba a la estación Finlandia de Petrogrado, tras atravesar Alemania en un vagón blindado proporcionado por el estado mayor alemán. A pesar de las disputas políticas que originó su negociación con el gobierno del káiser, Lenin fue recibido en la capital rusa por una multitud entusiasta que le dio la bienvenida como a un héroe. Pero el jefe de los bolcheviques no se comprometió con el gobierno provisional y, por el contrario, terminó su discurso de la estación con un desafiante «¡Viva la revolución socialista internacional!».
Muchos de sus camaradas habían aceptado la autoridad de dicho gobierno, al que Lenin calificaba de «imperialista y burgués», acercándose así a las corrientes izquierdistas de la clase obrera, cada vez más radicalizadas, y con el apoyo de un importante aliado, Trotski. A pesar de que los bolcheviques aún constituían una minoría dentro de los soviets, Lenin lanzó entonces la consigna: «Todo el poder para los soviets», pese al evidente desinterés de los mencheviques y los socialistas revolucionarios por tomar tal poder.
Para hacer frente a la presunta amenaza de un golpe de estado por parte de los seguidores de Lenin, en el mes de julio la presidencia del gobierno provisional pasó a manos de un hombre fuerte, Kerenski, en sustitución del príncipe Lvov. Al cabo de unos días aquél ordenó que le detuvieran y Lenin se vio obligado a huir a Finlandia: cruzó la frontera como fogonero de una locomotora, sin barba y con peluca, y se estableció en Helsingfors. Fue ésta su última etapa de clandestinidad, que habría de durar tres meses. En ellos escribió la obra que con el tiempo sería calificada de utopía leninista, El Estado y la revolución, por su concepción del Estado como aparato de dominación burguesa, destinado a desaparecer tras la etapa transitoria de la dictadura del proletariado y el advenimiento del comunismo.
A medida que la situación interna se agravaba, Lenin desde el exterior urgía al partido a preparar la sublevación armada: «El gobierno se tambalea, hay que asestarle el golpe de gracia cueste lo que cueste». Ya los bolcheviques controlaban el soviet de Moscú y el de Petrogrado estaba bajo la presidencia de Trotski, cuando, el 2 de octubre, Lenin volvió a entrar clandestinamente en la capital rusa. Cuatro días más tarde se presentaba disfrazado en el cuartel general del partido para dirigir el alzamiento. El día 7 estallaba la insurrección y las masas asaltaban el palacio de Invierno. Según escribe Trotski, Lenin se dio cuenta entonces de que la revolución había vencido, y sonriendo le dijo: «El paso de la clandestinidad, con su eterno vagabundeo, al poder es demasiado brusco, te marea». Y ése fue su único comentario personal antes de volver a las tareas cotidianas. Al día siguiente era nombrado jefe de gobierno y lanzaba su famosa proclama a los ciudadanos de Rusia, a los obreros, soldados, campesinos, ratificando los grandes objetivos fijados por la revolución: construir el socialismo en el marco de la revolución mundial y superar el atraso de Rusia.
La revolución había llegado al poder, pero ahora había que salvarla, y la tarea más urgente para ello, según Lenin, era firmar la paz inmediata. El Tratado de Brest-Litovsk, signado por Trotski el 3 de marzo de 1918, concertó la paz unilateral de Rusia con Alemania, Austria-Hungría, Bulgaria y Turquía. El tratado ahondó aún más las divergencias con los socialistas revolucionarios -que en agosto atentaron contra la vida de Lenin-, y contribuyó a intensificar la decisión de las fuerzas contrarrevolucionarias para derribar al nuevo gobierno con el apoyo de los países aliados, especialmente Francia y Estados Unidos. Durante dos años, entre 1918 y 1920, la guerra civil condujo al gobierno soviético al borde del desastre; por último, el ejército de los contrarrevolucionarios, los «blancos», conducido por antiguos generales zaristas, fue derrotado por el Ejército Rojo, formado por campesinos y obreros y dirigido por Trotski. Pero el país quedó devastado, la economía maltrecha y el hambre se enseñoreó de grandes regiones. El reto más grande de la revolución pasó a ser entonces la reconstrucción económica de Rusia, tarea que Lenin se propuso encarar a través de la NEP (nueva política económica), que detuvo las expropiaciones campesinas y supuso una apertura hacia una economía de mercado bajo control.
Pese a las dificultades de la guerra civil, Lenin concretó en 1919 su viejo sueño de fundar una nueva Internacional. En su opinión, el destino de Rusia dependía de la revolución mundial, y en especial del futuro del movimiento llevado adelante en Alemania por los espartaquistas. El 2 de marzo de 1919, en Moscú, inauguró el Primer Congreso de la III Internacional, invocando a los líderes del comunismo alemán asesinados: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. La Comintern elevó el comunismo ruso a la categoría de modelo a imitar por todos los países comunistas del mundo y, al defender los movimientos de liberación nacional de los pueblos coloniales y semicoloniales de Asia, logró ampliar enormemente el número de aliados de la Revolución soviética.
A finales de 1921, la salud de Lenin se vio gravemente afectada: sufría de insomnios progresivamente acusados y sus dolores de cabeza eran cada vez más frecuentes. En marzo del año siguiente asistió por última vez a un congreso del partido, en el que fue elegido Stalin secretario general de la organización. Al mes siguiente se le intervenía quirúrgicamente para extraerle las balas que continuaban alojadas en su cuerpo desde el atentado sufrido en 1918. Si bien se recuperó rápidamente de la operación, pocas semanas después sufrió un serio ataque que, por un tiempo, le impidió el habla y el movimiento de las extremidades derechas. En junio su salud mejoró parcialmente y dirigió la formación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pero en diciembre sufrió un segundo ataque de apoplejía que le impidió cualquier posibilidad de influir en la política práctica. Aun así, tuvo la fuerza de dictar varias cartas, entre ellas su llamado «testamento» en la que expresa su gran temor ante la lucha por el poder entablada entre Trotski y Stalin en el seno del partido. El 21 de enero de 1924 una hemorragia cerebral acabó con su vida. El hombre que detestaba el culto a la personalidad y abominaba de la religión fue embalsamado y depositado en un rico mausoleo de la plaza Roja. La lucha contra el Lenin de carne y hueso no había hecho más que comenzar.

Ramsés II


Nieto de Ramsés I e hijo de Seti I, se cree que Ramsés II no había sido el primogénito del faraón, sino que tenía un hermano mayor cuyo nombre no ha perdurado. Pero su padre quiso asegurar la sucesión en vida designándole heredero y vinculándolo al poder en calidad de corregente. Al joven príncipe le fue otorgado entonces un palacio real y un importante harén, y debió acompañar a Seti en las campañas militares emprendidas para sofocar las rebeliones en Palestina y Siria. También lo secundó en la guerra contra los hititas que habían ocupado los territorios de Siria.
De modo que cuando en 1301 llegó al trono, poseía ya una vasta experiencia militar, a pesar de su extrema juventud. Al nacer había recibido el nombre de Ramsés -II que ha conservado la historia-, y en la ceremonia de coronación, además de recibir el cetro y el látigo (las insignias sagradas destinadas a introducirle en el rango de los grandes dioses), le fueron otorgados cuatro nombres: «toro potente armado de la justicia», «defensor de Egipto», «rico en años y en victorias» y «elegido de Ra». A partir de ese momento su vida fue la de un rey-dios, hijo de dioses, objeto de culto y adoración general. Fue un faraón tan absoluto como su padre y llegó a identificarse con Dios más que los gobernantes anteriores. La distancia que lo separaba del pueblo era aún mayor que la de Keops.
Comenzó su reinado con el traslado de la capital desde Tebas hasta Tanis, en el delta, a fin de situar la residencia real cerca del punto de mayor peligro para el imperio, la frontera con Asia. Sus primeras campañas militares se dirigieron a recobrar las fértiles tierras de «entre ríos», en los valles de los ríos Tigris y Éufrates, y ya en el cuarto año de su reinado comenzaron las incursiones por Asia. La primera de ellas tuvo como objeto someter Palestina, a fin de obtener una base de operaciones que le permitiera invadir Siria, tal como había hecho su padre con relativo éxito. Al año siguiente, los hititas allí instalados le dejaron avanzar hasta el río Orontes, a los pies de las murallas de Kadesh, donde fue cercado por el ejército enemigo. Creyendo haber ganado la batalla, los hititas intentaron el asalto al fortín del faraón para repartírselo. En medio de la confusión, Ramsés cargó contra ellos y transformó la derrota en una relativa victoria. Su hazaña en Kadesh se cantó en una de las muestras más brillantes de la poesía épica egipcia: el Poema de Kadesh, profusamente grabado en los templos.
Trece años después de la batalla de Kadesh, en 1294, logró firmar un tratado de paz, el primero del que se tiene noticia histórica, con el rey hitita Hattusil. Dicho tratado se vio reforzado una década más tarde merced a los sucesivos matrimonios de Ramsés con dos hijas del rey.
Consolidadas las relaciones entre ambos imperios y apaciguados los problemas de fronteras, la gestión de Ramsés dio a su reinado la imagen de esplendor legada a la posteridad. Dada la prosperidad del país, se supone que fue un administrador competente y un rey popular: su nombre se encuentra en todos los monumentos de Egipto y Nubia. Su instinto lo llevó a convertirse en el «rey constructor» por excelencia: engrandeció Tebas, completó el templo funerario de Luxor, erigió el Ramesseum, terminó la sala hipóstila de Karnak e hizo importantes reformas en el templo de Amenofis III.
Su familia comprendía varias esposas: la primera y quizá favorita fue Nefertari, que murió tempranamente. Otras reinas fueron Isinofre, que le dio cuatro hijos -entre ellos Merenpta, el sucesor-, y las princesas hititas Merytamun y Matnefrure. El faraón poseía también un vasto harén y se dice que en su larga vida llegó a tener más de cien hijos.
A su reinado corresponde, según sostienen algunos historiadores, el primer «éxodo» de los judíos. Ramsés el Grande, tuvo, por otra parte, un destino extraño: su existencia fue tan larga que sobrevivió a muchos de sus descendientes, entre ellos a su hijo favorito Khaem-uaset, reputado mago y gran sacerdote de Ptah. Murió casi centenario y su momia, descubierta en 1881, es la de un hombre viejo, de cara alargada y nariz prominente. Fue sin duda el último gran faraón, ya que sus sucesores, Merenpta y Ramsés III, se vieron obligados a llevar una política defensiva para mantener la soberanía en Palestina. Posteriormente, la decadencia interna habría de terminar con el poder de Egipto más allá de sus fronteras.

domingo, 27 de mayo de 2007

Helene Melanie Lebel


Nació Viena, Austria el 15 de septiembre de 1911. La mayor de dos hijas nacida a un padre judío y una madre católica, Helene fue criada como católica en Viena. Su padre murió durante la primera guerra mundial cuando Helene tenía solamente cinco años, y su madre se volvió a casar cuando Helene tenía quince años. Conocida afectuosamente como Helly, Helene amaba nadar e ir a la opera. Después de terminar la escuela secundaria empezó a estudiar abogacía.
1933-39: A los 19, Helene empezó a mostrar síntomas de enfermedad mental. Su condición empeoró durante 1934, y en 1935 tuvo que dejar sus estudios y su trabajo de secretaria legal. Después que perdió su perro, Lydi, sufrió un colapso nervioso. La diagnosticaron con esquizofrenia, y fue internada en el hospital psiquiátrico Steinhof de Viena. Dos años después, en marzo de 1938, Alemania anexó a Austria [Anschluss].
1940: Helene fue confinada a Steinhof y no se le permitió irse a su casa aunque su condición había mejorado. Sus padres fueron llevados a creer que Helene seria dada de alta pronto. Pero la madre de Helene fue informada en agosto que Helene había sido transferida a un hospital en Niedernhart, cruzando la frontera de Bavaria. En realidad, Helene fue transferida a una prisión convertida en Bradenburg, Alemania, donde fue desvestida, sujeta a un examen físico, y llevada a un cuarto de duchas.
Helene fue una de 9.772 personas gaseadas ese año en el centro de “Eutanasia” de Brandenburg. La razón oficial de su muerte fue que ella murió en su habitación de una “excitación aguda esquizofrénica.”

domingo, 20 de mayo de 2007

El fundador de Yahoo! alguna vez reconoció que su imperio nació y creció por accidente...


El fundador de Yahoo! alguna vez reconoció que su imperio nació y creció por accidente...
Nacido en 1968 en Taipei (Taiwán), Chih-Luang Yang padeció la muerte de su padre a la tierna edad de dos años. A los seis, sin perspectivas en su Taiwán natal, su madre decidió mudarse a San José (California), donde el joven Chih-Luang adoptó el nombre por el que sería mundialmente conocido: Jerry Yang.
Jerry se recibió de ingeniero en Stanford y comenzó a cursar un doctorado. Sin embargo, no eran las aulas lo suyo. En aquellos tiempos románticos de la primera Internet, él se pasaba horas encerrado en su habitación de la universidad navegando por el incipiente ciberespacio. Preocupados, familiares y amigos decían: "¿Cómo va a ganarse la vida si no estudia?". Pero, ¿cómo iban a saber que de aquel hobby surgiría un negocio multimillonario?
En abril de 1994, en las aulas de Stanford conoció a David Filo, con quien entabló una profunda amistad (que pronto sería enormemente redituable). Estos dos fanáticos de Internet lamentaban el tiempo que perdían en la búsqueda de información. Así surgió la idea que fundaría el imperio: elaborar un catálogo de sitios interesantes y de fácil acceso para ponerlo a disposición de la comunidad académica de Stanford.
El proyecto, bautizado como "Yahoo!" (cuya traducción es "rufián"), empezó a funcionar en dos computadoras apodadas Akebono y Konishiki, en honor a dos luchadores hawaianos de sumo, uno de los pasatiempos preferidos de Yang.
Yahoo experimentó un descomunal crecimiento de usuarios de los cuatro rincones de la tierra. Muy pronto, las computadoras de Stanford empezaron a quedar chicas y los jóvenes emprendedores se mudaron a los servidores de Netscape en Silicon Valley. En abril de 1995, los dos socios abandonaron definitivamente los estudios para dedicarse de lleno a los negocios.
En 1996, Yahoo comenzó a cotizar en Wall Street y sorprendió a analistas por la velocidad en que había comenzado a generar beneficios. Con una planta estable de poco más de 800 personas, en épocas de la burbuja puntocom, el valor de mercado de la empresa superaba a monstruos como Disney y Coca-Cola.
Yang se convirtió en la cara visible del dúo, dedicando buena parte de su tiempo a dictar conferencias alrededor del mundo. Sin embargo, este joven multimillonario jovial y extrovertido asegura que prefiere chatear con sus amigos antes que ocuparse de las relaciones públicas de una de las principales corporaciones de internet.
Incluso, tampoco se avergüenza por confesar el secreto de su éxito: "Yahoo es un imperio accidentalmente nacido, no por sus méritos, sino por la suerte de haber estado en el lugar adecuado y en el momento justo".

Soichiro Honda, de bicicletero a industrial automotriz


Fracasaba en todos sus negocios. Pero un día, fundó la Honda Motor Company
Nacido en 1909 en una familia pobre de un pequeño pueblo japonés, desde temprana edad Soichiro Honda se apasionó por los artefactos mecánicos. Tal vez el taller de reparación de bicicletas de su padre fuera su primera inspiración.
A los 15 años, se mudó a Tokio para trabajar en la automotriz Hart Shokai. ¿Qué hacía en la empresa? Cuidar al bebé de su jefe. Lentamente, fue conociendo el negocio automotriz hasta que a los 21 años, ya convertido en un experto mecánico, le ofrecieron ser jefe de una sucursal en su pueblo natal. Pero Soichiro no tenía alma de ejecutivo y pronto arrancó con un proyecto propio: una fábrica de pistones. ¿El resultado? Un espectacular fracaso. Sus pistones no superaban las pruebas de calidad. Sin embargo, lejos de amedrentarse, Soichiro comprendió que su problema era la falta de capacitación y se inscribió en la universidad.
Tras un par de años de educación, regresó al ruedo y su fábrica de pistones comenzó a prosperar. Pero la suerte todavía no lo ayudaba. A fines de la Segunda Guerra Mundial, Soichiro perdió todo en un Japón devastado por las bombas norteamericanas. Sin embargo, en lo que parecía un terrible golpe adverso, él encontró la gran oportunidad.
En 1948, con su socio Takeo Fujisawa, fundó la Honda Motor Company para fabricar motocicletas. Los bombardeos habían acabado con buena parte del parque automotor japonés. La idea fundadora de la empresa consistía en incorporar motores a las bicicletas. El primer motor, demasiado pesado, fracasó estrepitosamente y Honda quedó otra vez en bancarrota. Pero no abandonó su sueño sino que elaboró un nuevo motor más liviano, rápido y silencioso. Las ventas se dispararon. Pronto, la producción de la compañía alcanzó las 9.000 unidades mensuales. Honda creció, instaló nuevas fábricas y expandió su producción a 25.000 unidades por mes.
La reputación de la empresa creció cuando las motos Honda empezaron a ganar competencias internacionales. A principios de los ’60, Soichiro expandió sus actividades hacia la industria automotriz, fijándose una ambiciosa meta: que un vehículo japonés ganara una carrera de Fórmula 1, sueño que cumplió en 1965.
En 1967, Honda apostó por la producción de vehículos pequeños. Cuando en 1973 la crisis del petróleo asoló al mundo, los asesores le aconsejaron reducir la producción para subir los precios. Pero Soichiro hizo exactamente lo contrario. Aumentó la producción e inundó el mercado de Honda Civic de bajo consumo, con lo que ganó un importante market share a nivel mundial.
A diferencia del resto de las corporaciones japonesas, el espíritu corporativo de Honda no enfatizaba en los logros colectivos sino en la iniciativa individual. La empresa creció gracias a una agresiva política de contratación de talentos y una fuerte apuesta por la tecnología y la innovación.
Soichiro mismo alguna vez expresó la filosofía de su empresa: "los productos Honda son conocidos en el mundo no sólo por su buena calidad sino también por la filosofía tras ellos: nuestra política es crear cosas que sirvan a los intereses de la gente".Soichiro Honda falleció el 5 de agosto de 1991. Su legado es una de las automotrices líderes a nivel mundial, una empresa con ganancias netas por más de 4.000 millones de euros en el 2005.

Jacob Fugger, el rico


Ni Bill Gates ni Rockefeller. Hay quienes dicen que Jacob Fugger fue el hombre más rico de la historia...
¿Setenta y cinco millones de dólares le parecen mucho dinero? ¿Y 75 millones a valores de hace quinientos años? Se estima que esa montaña de oro era la fortuna de Jacob Fugger en la segunda mitad del siglo XVI.
Nacido en una familia de prósperos comerciantes de Ausburgo en 1459, Jacob gozó siempre de una posición económica desahogada. Su padre era un gran importador de algodón con intereses ramificados hasta el tráfico de seda y especias. Pero Jacob, que deseaba abrirse su propio camino, abandonó el negocio tradicional de la familia e invirtió en minas de cobre húngaras. Gradualmente fue erigiendo una inmensa fortuna basada en su monopolio del comercio internacional de plata, cobre y mercurio. Luego, diversificó su portafolio hacia el transporte, los bienes raíces y las finanzas.
En algún momento, llegó a ocupar el puesto de financista de Europa dejado vacante por la familia Medici en decadencia. Fugger prestó grandes sumas al emperador romano germánico Maximiliano I. Su dinero también sirvió para sobornar a los electores que votaron a Carlos V como emperador en 1519. Su oro financió tanto guerras como actividades artísticas. A lo largo y ancho del viejo continente se lo conocía como Jacob, el rico. Pero no sólo fue un magnate de su tiempo. Sus 75 millones de dólares del siglo XVI dejarían boquiabierto al mismísimo Bill Gates...

Sakichi Toyoda, de carpintero a fundador de Toyota


Hijo de un humilde carpintero, fundó el imperio Toyota y hasta se ganó un sustantivo en su honor: el toyotismo
Nacido en el hogar de un humilde carpintero japonés en 1867, Sakichi Toyoda sintió desde pequeño curiosidad por los artefactos mecánicos. En su adolescencia, aplicó los conocimientos de carpintería heredados de su padre en la modernización del viejo telar de su madre, un pasatiempo que pronto se convertiría en un lucrativo negocio.
En 1891, Sakichi patentó su primer telar automático y se mudó a Tokio para probar suerte como empresario. Su compañía despegó con la invención de un mecanismo que hacía que la máquina se detuviera automáticamente al detectar una falla en la tela. Gracias a su bajo costo, este moderno telar competía exitosamente contra los artefactos franceses y alemanes. Sakichi firmó un contrato con la exportadora Mitsui para vender sus productos en el exterior.
En 1910, Toyoda viajó a los Estados Unidos para evaluar la potencialidad de aquel enorme mercado para sus máquinas. Pero, entre sus manos, trajo algo muy distinto de lo que había ido a buscar. En la tierra del tío Sam, quedó fascinado con un producto en fenomenal expansión: el automóvil.
Años después, Sakichi vendió los derechos de sus patentes a la británica Pratt Brothers y reinvirtió el dinero en el desarrollo del primer vehículo Toyoda. Sakichi, que murió un año después, no llegó a ver concretado su sueño. Su hijo Kiichiro siguió adelante realizando investigaciones para el desarrollo de motores a combustión interna. En aquellos años, Kiichiro modificó la "d" de su apellido por la "t" para simplificar su pronunciación en japonés.
En 1935, finalmente, Toyota lanzó al mercado su primer vehículo. En 1938, abrió su primera planta de gran escala (donde aún hoy funciona la casa matriz de la empresa). En ese mismo edificio, años después, empezó a implementarse el célebre sistema toyotista del "Just in time", basado en un simple principio: producir sólo las cantidades necesarias, en el momento apropiado y con la menor cantidad posible de insumos.
Así, trabajando con stocks mínimos y bajos costos, Toyota avanzó a pasos agigantados en la carrera contra sus competidores norteamericanos y europeos. El toyotismo, con sus principios de mejora continua y compromiso de los empleados, se volvió mundialmente famoso en la década del '70, y comenzó a ser imitado por fábricas de todo el mundo.
Hoy, esta empresa fundada por un humilde carpintero cuenta con 12 plantas propias en Japón y otras 50 en los 26 países donde produce sus modelos. Emplea a unos 300.000 trabajadores y vende sus productos en más de 140 países. En el 2005, Toyota ya se había convertido en la segunda automotriz del mundo, apenas unos escalones debajo de General Motors, líder mundial en ventas de automóviles desde hace 80 años. Los analistas del sector presagian que, en el 2007, la empresa fundada por Sakichi Toyoda trepará a lo más alto del podio.

martes, 8 de mayo de 2007

Quien fue el gorrión de Paris? Sus canciones se escuchaban en los altoparlantes de los campos de concentración en la época del holocausto.


Edith Piaf
Hija de contorsionista acróbata y de una italiana que cantaba en cafetuchos de París, Edith Giavanna Gassion nació en la madrugada del 19 de Diciembre de 1915 bajo la luz de una farola de la parisina calle de Belleville y sobre la capa de un gendarme que atendió a su madre en el parto. Al cabo de muy poco tiempo sus padres se separaron y la madre, totalmente alcoholizada, dejó a la pequeña Edith a cargo de su abuela paterna, una mujer árabe que se había ganado la vida por los pueblos como domadora de pulgas, un "arte" muy popular a principios de siglo (XX). El padre, también alcoholizado, apenas si ganaba para llevar dinero a casa.
Cuando Edith tenía cuatro años, en la durísima postguerra parisina de 1919, una meningitis la dejó ciega, pero poco después recobró la vista gracias, según explicó su abuela, al devoto peregrinaje a la iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús, en Lisieux, que la mujer hizo con su nieta. Si los primeros años de vida de Edtih fueron difíciles, más lo fue su adolescencia. Cuando tenía diez años su padre enfermó gravemente y la pequeña empezó a cantar por la calle, recogiendo las escasas monedas que los viandantes le arrojaban. En aquellas primeras actuaciones, Edith cantaba la Marsellesa, el himno nacional, la única canción que conocía. Cinco años más tarde conoció a su mediahermana Sinome, una niña de 12 años, hija ilegítima de su padre, y se pusieron a trabajar juntas. Ella cantaba y ella hacía malabarismos y recogía las monedas. Pobres como ratas, Edith y Simone dormían en las bodegas o en las calles, guareciéndose como podían de la dura intemperie y sin poder comer caliente cada día.
El primer hombre de su vida fue un golfillo que trabajaba como recadero, del que se quedó embarazado cuando tenía 16 años. Tuvo una niña, a la que llamó Cestelle, pero aquel bebé murió a los dos años a causa de una meningitis. La muerte de su hija cuando ella misma practicamente no había dejado de ser una niña, marcó duramente a Edith. Desde entonces, imbuida de una enorme desperanza, empezó a vivir de noche, cantando en los clubs y en las calles de Pigalle, rodeada de las prostitutas y los delincuentes que la fascinarían durante toda su vida. Como no podía vivir de lo que le pagaban en aquellos tugurios infames, Edith tuvo que seguir cantando en las calles. Y, curiosamente, sería en una de ellas donde tropezaría con la suerte.
Era 1935 y Edith estaba cantando en una transitada avenida cuando un hombre, elegantemente vestido, se detuvo a escucharla. Permaneció allí durante un buen rato, sin quitarle ojo, hasta que, alargándole un billete de diez francos, le propuso hacer una prueba. Aquel hombre era Louis Leplée, propietario de Gerny's, un cotizado cabaret de la época al que acudían los famosos de París. Al día siguiente, Edith cantó todo su repertorio, y Leplée, impresionado con esa voz, a la vez bronca y dulce, la contrató. Pocos días después. Leplée convocó a sus mejores clientes para el estreno de la joven a la que había rebautizado como Môme Piaf, que en francés significa "pequeño gorrión". En los siguiente meses, Leplée enseñó a Edith los secretos de oficio de cantante: la importancia de las luces, la música, los gestos, la puesta en escena...y la convirtió en una figura.
Pero la buena estrella no iba a durar mucho. A los siete días, encontraron a Leplée muerto en su despacho. Le había asesinado de un disparo. Aquello fue un autentico desastre para Edith, que no sólo perdió a su mejor amigo y su protector (le llamaba cariñosamente papá), sinó que la policía le consideró sospechosa del crimen por las relaciones que tenía con los himpones de Pigalle. La prensa cayó encima de la artista, acusándola sin que hubieran pruebas, y truncando su carrera, ya que el público y muchos de los intelectuales parisinos le dieron la espalda.
Tras la muerte de Leplée, Edith se entregó a todo tipo de excesos, como hacía siempre que le iba mal. Acababa en cualquier tugurio y se acostaba con todo tipo de hombres. Afortunadamente, a finales de los años 30 empezó a centrarse y, bajo la influencia del letrista Raymond Asso, su amante en aquel momento, trabajó disciplinadamente en su repertorio y fue capaz de volver a tener grandes éxitos.
Empezó a hacer teatro, películas y giras por toda Europa y America, donde conoció a la actriz alemana Marlene Ditrich, con la que entabló una gran amistad que duró toda la vida. Convertida en la gran dama de la canción francesa, se dedicó a ayudar a artistas noveles, como Yves Montand, Gilbert Bécaud, Georges Moustaki, Eddie Constantien o Charles Aznavour, con los que mantenía apasionados romances hasta que se cansaba y los abandonaba.
El boxeador Marcel Cerdan fue el gran amor de su vida. Se conocieron en 1946, cuando ambos estaban en la cima de su carrera, pero la felicidad fue efímera, ya que él murió en 1949, al estrellarse el avión al que viajaba. Aquella muerte fue un golpe demasiado fuerte y la cantante se hundió en una profunda depresión de la que, como siempre, trató salir gracias al sexo, el alcohol y a los tranquilizantes. Mantener su agotador ritmo de trabajo le supuso un duro esfuerzo y muchos accidentes de trafico. Después de uno de ellos, Edith se volvió adicta a la morfina, droga en la que dilapidaba grandes enormes sumas. El matrimonio en 1952 con el cantante Jacques Prill no fue más que un intento desesperado de rehacer su vida, pero fue en vano, ya que la unión solo duró cinco años.
A medida que se iba haciendo mayor, sus amantes eran cada vez más jóvenes y, tras cumplir los cuarenta años, su deterioro físico fue imparable, sucediéndose los ingresos en centros hospitalarios; pasó por una operación de páncreas, una oclusión intestinal y un coma hepático.
Finalmente, en 1959 los médicos le pronosticaron cáncer, enfermedad que, en los años siguientes, le tuvieron apartada del único lugar donde parecía feliz: los escenarios. Su última amor, el griego Theo Lambukas al que ella llamaba Théo Sarapo, palabra que en griego significa "te amo", era 20 años menor que ella. Edtih, fiel a su costumbre, le hizo cantante y se casó con él un año antes de morir, cuando ya estaba gravemente enferma.
La diva murió el 11 de Septiembre del año 1964 en un chalet de la Provenza que su marido había alquilado para protegerla de la prensa en sus últimos días de existencia.
Edith Piaf fue enterrada en el cementerio de Père Lachaise, no lejos de la calle donde vino al mundo, y 40.000 personas acompañaron su cortejo fúnebre. Según sus deseos, sus peluches preferidos (dos liebres y un león) fueron enterrados con ella para que, al igual que su tormentosa vida, le acompañaran siempre en el más allá.